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Ago21
Él es
Mes // Agosto

► Salmo 95:7
Los atributos de Dios son características propias de Su personalidad y se convierten para nosotros en una fuente de seguridad porque además de saber que Él es Él... «Yo soy el que soy» , también nos dice que Él es... y nos dice Su atributo que con ello podrá estar cerca y actuar de manera particular y sobrenatural a nuestro favor.
El pasaje que nos ocupa en estudio nos da tres atributos que vale la pena considerar:
- - Él es nuestro Dios: El ser supremo que por Su divinidad y autoridad tiene el gobierno sobre todo lo creado, «Porque por Él y para Él son todas las cosas» (Romanos 11,36), incluso cada uno de nosotros, Sus seres creados. Sabemos que es nuestro Dios, porque habiéndose ofrecido e invitado a tomar el control de nuestras vidas, le hemos aceptado y es Señor y Salvador. Si queremos una razón real y un motivo fundamental de adoración y relación personal con nuestro Dios: ¡esta es!
- - De Él es el pueblo: Esta expresión indica siempre una relación clara, personal e íntima, que Dios mismo estableció: «Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios» (Éxodo 6,7). Él ha hecho un pacto con nosotros, separándonos como elegidos, por tanto, agradecemos y nos gozamos con su deferencia: ¡somos Su pueblo!
- - Él es Pastor: La Biblia hace una comparación entre las ovejas y los creyentes por las similitudes de comportamiento que se tienen, y Jesús se hace llamar el buen Pastor para esas ovejas, que las cuida, las alimenta, las protege. Le pertenecemos, aún los pastos donde nos encontramos, no nos pertenecen, son Suyos pero nos da con abundancia todo lo que necesitamos.
Punto de acción
Puedes orar de esta manera: Padre Celestial, permítenos por tu Santo Espíritu disfrutar de estos atributos divinos con que te nos presentas, a fin de que nuestro caminar sea seguro y firme. Te pedimos Señor para que nuestra relación contigo como Dios guarde nuestro corazón de poner la mirada en otras cosas y nuestra relación como Pastor nos permita sentirnos cuidados, alimentados y protegidos.
Hebreos 12
Autor: María Piedad Mesa