Recuerdo una noche en la que, agotado después de un día lleno de responsabilidades, levanté la mirada hacia el cielo. Las estrellas parecían infinitas, y en ese silencio me descubrí pequeño, vulnerable y limitado. Sin embargo, en medio de esa sensación, una certeza me envolvió: todo lo creado apunta a una sola verdad, que hay alguien infinitamente más grande y digno de toda gloria. En ese instante comprendí que mi vida, con sus luchas y victorias, no tiene sentido si no se rinde ante Él.
El pasaje nos abre la puerta lo que Juan vio en su visión celestial: un coro innumerable proclamando la dignidad del Cordero. No se trata de un reconocimiento humano, sino de una verdad eterna: Cristo es digno porque fue inmolado, porque entregó su vida y venció la muerte.
- Digno en su sacrificio: Cristo entregó su vida en la cruz, mostrando que la verdadera grandeza se revela en el amor que se da por completo.
- Digno en su victoria: La resurrección confirma que su dignidad no es pasajera, sino eterna. Él reina y merece todo reconocimiento.
- Digno en nuestra respuesta: Cada decisión, cada palabra y cada acto puede convertirse en un eco de esa proclamación celestial.
Punto de acción:
Quien reconoce que Cristo es digno de recibir todo poder y gloria no se limita a repetirlo en un canto o en una oración; lo vive en cada decisión. Esa persona aprende a rendir sus proyectos, sus afectos y hasta sus preocupaciones, porque entiende que nada de lo que posee le pertenece realmente: todo es del Cordero.
Incluso en las pruebas, cuando la vida parece injusta o confusa, mantiene la confianza, porque sabe que la dignidad de Cristo no depende de las circunstancias, sino de su victoria eterna. Así, su manera de trabajar, de relacionarse y de enfrentar la adversidad se convierte en un testimonio vivo de que el Cordero inmolado es digno de recibir honra, gloria y alabanza.
Al mirar el cielo, al enfrentar la rutina o al atravesar pruebas, puedo unir mi voz al coro eterno que proclama: ¡Digno es el Cordero! Esa verdad no solo se canta, se vive.
Lectura bíblica necesaria: Apocalipsis 5 (TLA)





